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12 de julio de 2011

la carta


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Ella tenía los brazos cruzados mientras esperaba el tren. Le apetecía tomar alguna bebida que no estaba dentro de sus posibilidades. -No importa, se dijo para sí. Había conocido rostros que se convirtieron en lobos, esos lobos que nunca atacan pero sí vigilan. Tuvo la impresión de que habían querido desollarla y ella tuvo la suficiente lucidez de acecharlos mucho más, hasta que huyeron. No le gustaba que arremetieran sin su anuencia, pero era benefactora de una cordialidad que ocultaba la mayor de las astucias. Hacía calor y varios perros callejeros se acercaron para olfatearla, como los lobos que espantó, pero no le disgustó la idea de los canes a sus pies. Era el estival 7 de febrero de 1935. Sólo llevaba un recado a otra persona que vivía en un pueblo distante. El sol le quitó la imagen de los andenes. Su sombrero no alcanzó a resguardarla. Puso su mano horizontal sobre la frente y frunció el ceño. ¿Cuánto más debía esperar acicalada, sentada en la estación? ¿Qué contendría este sobre? Sus pocos años adolescentes la inquietaron y recordó lo que le habían dicho - Toma este sobre, pero que no te atrape la ansiedad. Hizo caso mientras daba vueltas ese envoltorio de papel de un lado al otro. Llegó el tren, se anunció como siempre y subió lentamente peldaño a peldaño hasta ubicarse comodamente. Llegó a destino. Se apeó arreglándose su pollera y rumbeó hacia la calle Rosa de los Alpes número trescientos cuarenta y nueve. Aplaudió insistentemente con sus manos frente a la puerta de entrada. No sabía quien la esperaba ni tampoco para qué tantas peripecias y en verano. En un momento, un hombre mayor y achacado por los años le preguntó que quería y ella, después de presentarse, le dijo cuál era el motivo de su visita. Le extendió el sobre. El anciano se lo arrebató y en el afán de descubrir lo que contenía, casi destruye el sobre y la nota incluída en él. -Espere señor, yo lo abro y se lo entrego para que lo lea. El anciano accedió. Ella despaciosamente buscó el contenido. Él le solicitó que se lo leyera. La nota estaba fechada ese mismo día y año y sólo contenía tres palabras manuscritas: "Es la hora". Las leyó en voz alta y el hombre lascerado de tristeza, se largó a llorar y cayó instantáneamente al piso. Había muerto.
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Ella tenía los brazos extendidos al lado de su cuerpo esperando el tren. Se prometió a si misma desoír a Lucifer otra vez.
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6 comentarios:

Felis Nasal dijo...

¡Bienvenida! Linda historia fantástica. Entre esos canes, ¿no estaba Mefistófeles? Un beso

Horacio dijo...

¿Habrá cumplido su promesa? Un texto compacto que se resuelve en las últimas líneas. Muy bueno.

Beso grande

Oscuro dijo...

Muy bueno!! Sos una gran narradora

Rob K dijo...

¡Mete miedo esa historia! Muy buena, Cleo.

Dany dijo...

Moraleja: No abrir sobres que traen extraños. Un beso.

Yoni Bigud dijo...

Debe ser difícil desoír a Lucifer, aun proponiéndoselo.
Muy bueno.

Un saludo.