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Pequeño, muy pequeño es el presidente de Colombia, casi pusilánime, por no serlo del todo. Me hace acordar a los débiles que torturan mentalmente a sus iguales de ser delatados por no compartir el criterio de los poderosos. Álvaro Uribe se lleva todos los premios de la escoria humana. Abierto socio de yanquilandia, prepoteó en la reunión de Unasur varias veces. La vocecita altisonante de este personaje siniestro abogó por la transmisión en directo de dicha cumbre, porque su socio del mal, estaba monitoreando desde su panóptico tecnológico aquello que cada presidente de la región, manifestara. Colombia, desde su mano, tiene injerencia militar de Estados Unidos en su propio territorio y él, contentísimo y hasta altivo con su obsecuencia se atrevió a ir mucho más allá, introduciendo una crítica a nuestro más alto tribunal, por el fallo de la despenalización de la tenencia de estupefacientes para consumo. Se parece a su amo, abofeteando la soberanía de cada país de la región y el muy cretino sabe y para eso lucha, que el país -que lamentablemente preside- es un punto estratégico para crear focos bélicos justificándole a los del Norte –de esa manera- la producción y renovación de las armas con las que se mata y se somete. Y el negro de arriba, quiere ir por más: continuar con Bolivia y Paraguay, así tenga que seguir escupiendo el asado que sólo unos pocos podrían comer, mientras se ríe del patán que oficia de celador. Sólo hay que sentarse y esperar a ver cuando se deshaga de un solo tiro del empleado sudamericano que cumplió con su deber de traidor.
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Para Manu, mi queridísimo Manu que nunca cambia su esencia.
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. Las calles se superponen yendo al salvataje de las personas que se apilan. Se comportan huidizas a la hora de salir del laberinto. Todas nos llevan a la misma esquina, esa que está ausente y persistimos en abrazarla. Siento el sol en mi rostro y sonrío. Pienso que este cierto calorcito es más democrático que el frío punzante sobre los que no tienen nada más que la dignidad. Busco denodadamente el nudo de mi esencia que es igual al de otros. Parece que estamos más solos que nunca y más tristes. Percibo que las personas hablan solas caminando a través de sus existencias buscando las respuestas a la nada, no recordando que el óbito es el que nos va a quitar todos los interrogantes cuando llegue. Y el sol acaricia mis ojos que se encandilan (mejor no ver) y voy hacia esa esquina en que confluyen todos los sentimientos, todas las iras, todas las tolerancias, todas las crueldades. Estamos de saldo, nuestra alma se encarga de rematarnos del todo. Ya no se necesitan balas para finiquitarnos porque estamos vencidos, tristes, desahuciados aunque palpitemos ese azar que nos libre del matadero. Las calles por las que dejamos nuestras huellas se convierten en boas constrictoras y confluimos a la tortura de no ser identificados. Nadie sabe nada de nadie y no importa. Es mejor. Menos trabajoso. El sol proyecta mi cuerpo en la acera y me gusta que no me abandone en mi anatomía de media luna, de vida escondida. Cuento mis pasos por simple entretenimiento, o por ceguera temporal. Persisto con alegría los avatares de no saber cuál es nuestro sentido. He probado poner el dedo en la llaga, pero prefiero acariciar el aire. Y miro sin ver lo que se me presume conocido. Las calles siguen superponiéndose, pero creo que salí del laberinto.
El sol brilla aletargado sobre mi cabeza…
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Plegaria para un niño dormido
quizás tenga flores en su ombligo
y además en sus dedos que se vuelven pan
barcos de papel sin altamar.
Plegaria para el sueño del niño
donde el mundo es un chocolatín.
A donde van
mil niños dormidos que no están
entre bicicletas de cristal.
Se ríe el niño dormido
quizás se sienta gorrión esta vez
jugueteando inquieto en los jardines de un lugar
que jamás despierto encontrará.
Que nadie, nadie, despierte al niño
déjenlo que siga soñando felicidad
destruyendo trapos de lustrar
alejándose de todo el mal.
Se ríe el niño dormido
quizás se sienta gorrión esta vez
jugueteando inquieto en los jardines de un lugar
que jamás despierto encontrará.
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Hablar no es imprescindible, imperativo, necesario y bello, siempre. Sostengo desde siempre que una de las pocas y falsas condiciones que existen para establecer con las personas un conocimiento, es la palabra. Muy por el contario, no hay que guardar silencios, porque rememoran. Los silencios provenientes de las ausencias, siempre son perennes, intangibles, inalcanzables. Se llevan bien con los crepúsculos y los amaneceres. Con el andar por el camino o a la vera. Con los latidos y pulsiones. Con lo guardado y con lo que uno mande guardar. Pero siempre hay una sola y sencilla condición que es inevitable: la falta de bullicio, porque solamente las palabras – que alguna vez fueron dichas- son tan recordadas como las ausencias sólo cuando ejercemos el oficio de silenciar. Los silencios nunca pueden ser motivo ni sujeto de conversaciones ni análisis, solamente pueden compartirse los recuerdos que dejaron los ausentes con los mismos ausentes, desde nuestra ausencia y silencio, que es igual para ellos. Porque nos une la lejanía fuera de todo lapso de temporalidad, desde adentro y bajo enormes deseos de no ceder al simple conjuro de pobres palabras. Recordar y que nos recuerden sin eufemismos, sin sintaxis, sin nada y porque sí. Nosotros, los que estamos ausentes para otros y ustedes, los que están ausentes para otros más, deberíamos tener la seguridad de estar transitando la inalterabilidad de la memoria, para aceptar que las ausencias son eternas y promisorias. Infinitamente somos lo que guardan de nosotros.
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“…Me he negado por tercera vez a recibir al capellán. No tengo nada que decirle, no tengo ganas de hablar, lo veré después. En este momento me interesa escapar del engranaje, saber si lo inevitable puede tener alguna salida. (...) cuando me tiendo, veo el cielo, y no veo más que el cielo. Todos los días transcurren mirando en su rostro el declinar de los colores que llevan del día a la noche. Acostado, pongo las manos debajo de la cabeza y espero. No se cuántas veces me he preguntado si habrá ejemplos de condenados a muerte que se hayan librado del engranaje implacable, desaparecido antes de la ejecución, roto el cerco de los agentes. Me he reprochado ahora el no haber prestado suficiente atención a las narraciones de ejecuciones. Uno debería interesarse por estos temas. Nunca se sabe lo que puede ocurrir. (…) Me hubiera enterado, de que, en un caso por lo menos, la rueda se había detenido; de que en su precipitación irresistible, el azar y la posibilidad, por una vez, al menos, habían cambiado alguna cosa. (…) Sabía que vendrían al alba. En suma, pasé las noches esperando el alba. Nunca me ha gustado ser sorprendido. (…) delante de esta noche cargada de signos y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan parecido a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido dichoso y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio”
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El extranjero – Albert Camus
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"Si pudiera apoyarme, aunque no fuese más que un momento, en alguna pared que se ha quedado de repente inválida, que apenas sirve ya, sino para volver a recluir al que ya está solo, ¿sentiría a través de la mano, traspasándose desde un lugar en que viví cuando era niño, el tenue tacto reptante de otra mano que sigue conduciendo al indefenso hasta el vidente azar de andar a ciegas? "
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"...se que hay algo en tí que sólo puedo leer yo y viceversa. Somos la rima del otro, el sentido de una poesía inacabada. Somos nuestro escritor y nuestra obra"
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Recostada boca arriba, mi pie avista el horizonte, la única diferencia entre volar y no. Cualquier cielo es cualquier mar, quejumbroso, gris, luminoso, azul. Vos sabés que sueño con encontrarte, con mirarte y dejar esbozarme en tus pupilas. Estoy tan cerca como mis dedos de este teclado, pero sin ruidos. Sólo escucho melodías más convenientes a ese encuentro, que el repiquetear a estas horas, de las teclas. Te invento dormido, sin gafas, despeinado y cálido, esperadamente sorprendido y hasta ridiculizado por el desalineo del momento. Te recreo oloroso y rufián, porque en esto de quererse, la sinceridad es muy incómoda, muy poco seductora. Quiero que digas solamente lo que nos permita unirnos sin puntos finales antes de tiempo, y me vas a prometer hasta una cita con Joaquín para que en un bar, en un mano a mano le pueda contar esta súbita y laboriosa esperanza después de algunas oscuridades. (Él me va a entender, sabe de los sube y baja, conoce muchos infiernos como yo algunos). Entre vos y yo puede haber desde café, hasta algún vino y alguna risa. Te prometo no ser cínica ni hostil y hasta llegaré a sentir que la Luna que me estás regalando tiene impreso tu nombre de poesías y quebrantos. No hablaremos de amores imposibles. Merodearé tus aristas para alisarlas y besaré tus ojos –algo así como estampar un sello imperecedero- cuando los entrecierres. Te llevo coplas de mi tierra en mi piel y en mi voz en ofrenda de paz y armonía a cambio de un poco de calor y de ternura. Recostada boca abajo, creo entender el centro del universo y lo escucho latir. Hay vida en los núcleos de todas las cosas y la hay en mí como “en ti”. Sabemos que la arrogancia en las trampas, es necesaria: Nada nos horroriza tanto como un tramposo/a idiota porque se percibe aburrido/a, francamente letal. Pacientemente, hace tiempo, estamos lubricando todo nuestro arsenal de encantos, para atrincherarnos y no dejarnos envolver tan fácil, para regalo. Y me gusta que así pueda ser, porque buscamos justo allí donde no entendemos. Yo trataré de no complicarte con mis subterfugios ni mis excusas: no haré malabarismos de incertidumbres, porque no es tan cierto que cualquier cielo es cualquier mar.
Y porque el tiempo pasa.
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Hay dolencias peores que las dolencias,
hay dolores que no duelen, ni en el alma
pero que son dolorosos más que los otros.
Hay angustias soñadas más reales
que las que la vida nos trae, hay sensaciones
sentidas sólo con imaginarlas
que son más nuestras que la misma vida.
Hay tantas cosas que, sin existir,
existen, existen demoradamente,
y demoradamente son nuestras y nosotros.
Por sobre el verde turbio del ancho río
los circunflejos blancos de las gaviotas.
Por sobre el alma el aleteo inútil
de lo que no fue, ni puede ser, y es todo.
Dame más vino, porque la vida es nada.
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