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10 de febrero de 2011

noches


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¿Y dónde se encuentra la noche que traza un manto negro perceptible y final sin conmoverse de los que la cruzamos?

La luz no puede perforar ese jubón de terciopelo. Vamos andando mientras se descuelgan tapices de todas las horas y todas las estaciones, para entrar a jugar malabares juiciosos.

(Y es allí donde la vida cuece en una enorme olla todo lo que se nos escatima)

Se revuelve nuestro universo

Este mundo da pasos de baile mientras se divierte en mostrar la cara oculta a la luna. Caen los telones nocturnos y en sus caprichos nos alcanza en bandeja el tiempo que nos queda a cada uno. Vamos siempre en procesión, extenuados, precipitados, esperanzados, adoleciendo, prometiéndonos nacer novos: Pero no podemos.

Y cuando cruzamos conmovidos por el final perceptible del negro manto ¿Dónde nos encontramos?

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24 de enero de 2011

paréntesis


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Estoy lejos de mi mundo. Estoy entre olas y arena. Estoy asumiendo que hay maneras excelentes de estar en estos días. Estoy menos aleatoria, más predecible, más ¿madura?. Aunque busco las mismas ternuras, las mismas ilusiones, los mismos sueños y la inalcanzable luna que se atreve a amarnos a todos. Mientras tanto, en mi ausencia, deslizo una frase de Bolaño, el escritor que se convirtió en mi actual amante literario y les deseo beneplácitos, amores a hurtadillas, risas prohibidas y miradas más lejanas que el mismo horizonte.
Hasta la vuelta.
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"De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura, líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo no quiera aguantar más"
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16 de enero de 2011

sueño


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denis nuñez rodriguez
pintor cubano.

No me convence mucho escribir mientras tengo esbozos de sueño porque suelo procesar con menos criterio (¿Qué es criterio?) todo lo que quiero decir. Me vuelvo más pragmática, aferrada al piso y con movimientos torpes y pensamientos en cámara lenta que sólo se circunscriben a tareas cotidianas y a duras penas. Pero en un resquicio del cerebro hierven las plusvalías de lo que aún espero en ganancias afectivas. Siempre aúllo por más, nunca por menos y en la diatriba de un Domingo de sol y caluroso de un Enero nuevo que estrena año, prometo y prometo que lo que escriba ahora, tendrá un sincero fluir. La vecina canta la dicha de estar viva y medito que eso debería estar haciendo yo. Eso y mucho más que se asemeje a una caja de buenos augurios y risas. Pero tengo sueño y todavía la realidad escatima mis deseos de sueños dentro de otros sueños, y estos últimos no han aparecido en la comisura de mis ojos. El sol se empecina en acercarme su calor, pero mis ojos están a media asta. Hay otros placebos para mi vida onírica, pero sólo el reloj y su marcha despabilan las ideas. Y mientras tanto acecho desde alguna sombra. Es que es desde allí que distingo lo posible de lo ineluctable.
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7 de enero de 2011

incipiente

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Suele bajarse de la cuna de la misma manera que los cowboys del lejano oeste se apeaban del caballo, y viene sigilosamente a mi cuarto, al lado de mi cama. Apoya su mano derecha en mi mejilla y me acaricia fuerte para que me despierte. Me da un beso con la boca abierta y pasa su lengua por mi rostro e instintivamente lo beso dormida y lo acuesto en el medio de la cama. Me mira con sus ojos inspiradores de todas las ternuras del mundo y voy a calentarle la mamadera, mientras le acaricia la espalda a su padre y lo llama insistentemente para que se despierte, hasta que lo logra y es allí donde se sonríe cuando escucha de esa voz masculina “Hola campeón”. Es así: Entre nosotros no hacen falta palabras. Los dos sabemos que nada es más importante que uno con el otro, y el otro con uno. Empezó a tararear canciones antes que a hablar. Ahora canta en su dialecto que yo me atrevo a traducir. Anda por la vida pisando fuerte y apostando a eso que aún no conoce y que vuela a su alrededor, y son los sueños que lo corroen y lo desvelan. Su conejo de peluche casi no tiene orejas porque sus dientes nacieron a esos efectos, a esos fines, a esos resultados de morder para conocer. Y alza los brazos para alcanzar las nubes desde los hombros de su padre. Sus manos se estiran y hay carcajadas constantes porque le gusta el vuelo rasante de las palomas. Vigila, observa, nada es posible sin su libertad. Él sucumbe a sus pies descalzos y a la ausencia de remeras. Corre y se esconde en alguna esquina de la casa. Espía y lleva en su cabeza alas que yo veo, que yo percibo, que yo le anuncio, y él sube sus brazos para tocarse el cabello y decirme que no están, abriendo las palmas hacia fuera y levantando los hombros. Sabe todos los interrogantes porque no hay respuestas a esta gloria de vivir y crecer. Y va atrás de mis pasos como un apéndice de dicha que se me descolgó. Me abraza las piernas y pide que lo alce. Y desde mis brazos, pegado a la ventana, suspira vientos con aroma a magnolias que, seguramente, han venido a coronarlo.  
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2 de enero de 2011

sobrevivir


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Las manos sostenían el tazón con caldo caliente. Hacía frío allí en el sur de todos los sures y ella lo había preparado para su madre que no sentía sus piernas. Estaba amorosamente apoltronada en su cama entre almohadas y abrigada como pocas veces lo había estado. Su hija no tenía la misma posibilidad. Debía cuidarla, esa era la cultura familiar de que debía sobrevivir el que menos oportunidades tenía y ella cumplía con esos mandatos. Se llamaba Angélica. Su pelo acariciaba apenas sus hombros blancos de tan poco aire y sol. Sus pies estaban amoratados porque calzaba sandalias. Le extendió a su madre, temblando, el tazón y ella le agradeció con un mohín que semejaba  una pequeña sonrisa. Los vidrios de la ventana estaban empañados de sus propias exhalaciones. Angélica limpió con la yema de su dedo mayor, en forma de círculo, una diminuta parcela del mismo para ver hacia fuera el viento y la noche. Se detuvo en la cara de su madre que exudaba por el calor del caldo.
Ojalá no se lo tome todo, pensó, deseó y necesitó. Tenía hambre de días y noches que no recordaba, pero un mareo la hizo sucumbir sobre la falda de su madre que corrió el tazón para que no se derramara el contenido. Lo apoyó en el piso, al lado de la cama y comenzó a acariciar a su hija y a tararearle una canción. La miró y lloró. Angélica acababa de expirar todos los deseos de una felicidad intangible. Su madre vociferó a los cielos mientras la hamacaba. El líquido del tazón dejó de humear. Afuera auyó el lamento de un gélido lobo en son de rezo.
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24 de diciembre de 2010

sucesos



"Muy débil es la razón si no llega a comprender que hay muchas cosas que la sobrepasan" -Pascal
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Y venía andando detrás de algunos desencuentros. Pero era poco a comparación de otras veces. Creyó saber que debía mantenerse a flote con voluntad y con determinismo. Y sí, suena mal, porque la cosa es que todo lo que  sucedíera, convenía que sea tomado con rabia, con ira, con decepción, sin una línea de libros de autoayuda ni de explicaciones que lo dejaban alejado de la realidad.  Porque eso pasaba, se preguntaba y se respondía tantas veces que volvía al punto de partida, mucho más débil, mucho más desconfiado. Había una trama en su manera de ser y existían planes austeros infligidos a sus deseos, que distaban mucho de transcurrir con los dolores antiguos en la espalda y no en el pecho. Esperaba que las situaciones cambiaran, pero con cinismo, con ciertos aires de desconfianza en el aire y rodeaba su atmósfera de pequeños cuchillos calientes que laceraban. Y lo sabía. Era joven  y conservaba ilusiones que guardaba celosamente en cada cajón con llave, dándole  -según él- una sustancia inexistente. No comprendía que los nones, eran eso y que así debía tomarlos para dejar atrás esos trenes que se escaparon, que no se detuvieron, que le dieron la espalda. Pero no escuchaba, hasta que un día guardó su guitarra con esmero, la acarició por última vez y se arrojó de un primer piso al vacío. No tuvo más que contusiones, pero nadie lo quiso escuchar más. Esa fue su verdadera muerte.  Esa fue su interminable condena.
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10 de diciembre de 2010

confesiones III


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Me resulta incomprensible el dolor que nos infligimos constantemente, diariamente, automáticamente. Miro el suelo y sólo encuentro las raíces que muchas veces te conté que habían comenzado a crecer en mí. Ya se que nunca me creíste. Ya se que cuando te cuento como se agrandan y se enmarañan en lo profundo de la tierra húmeda, me mirás azorado o espantado (que no es lo mismo pero es igual). Y yo persisto tratando de convencerte que acá, desde la pachamama me animo a existir. Pero vos con un aleteo en una sola dirección de tu mano, te ungís en el aire sin destino ni horizonte. ¿Te acordás cuando te conté que el viento frío en la cara hacía que mis ojos lloraran? Yo sí recuerdo todo. Creo que me he convertido en un raro compendio de sabidurías prestadas, de vaticinios repetidos y de vetustos análisis sobre las emociones. Y me mirás y no lo creés porque te sobra olvido, una página casi en blanco en donde siempre escribís futuros iguales, repetidos, unívocos que sopapean la incredulidad. Y yo sí soy incrédula por aprendizaje. Cuando te conocí supuse que había encontrado el puerto, ese que tanto me fue vedado. Pero me equivoqué porque nadie es tierra en otro, de allí que mis raíces hayan aparecido para sostenerme ante las tempestades del alma. Tengo pesares que se afianzan porque los escribo, de eso estoy segura, así como vos llevás cánticos libres y justos. Yo no olvido y vos no recordás: La mayor diferencia que nos aleja del vértice. Pero latimos al compás de todos, confundiéndonos en caricias y distancias, en sueños imposibles y creencias multifacéticas. Sólo se que en este andar añoramos lo que pudimos haber sido y ni por puta seremos.
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