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Desde el alba él sobrevoló con pentagramas mi anatomía. Acarició mis curvas y dejó secuelas de corcheas para que se graben a fuego en mi cuerpo. Yo sonreía. Recogió mi cabello en lo alto de mi cabeza y la clave de sol la hizo descansar en mi cuello. Veía el amanecer de todo como si fuera la primera vez, como si desde allí me alejara de todo precipicio, esos que, -a veces- me asolan en la soledad de las noches asoladas. Sus dedos se pintaron de negros y sus caricias entonaban notas. Y yo, erguida sobre un taburete, comencé a despojarme de mi ser, a desdibujarme, a partir hacia un camino inverso. – La música deja sin cuerpo, balbuceaste, y tu creación fue la que me llevó a un viaje eterno, sin posible regreso y sin melancolías. Me habías convertido en una melodía. En el taburete las marcas de mis pies sudorosos fueron la fiel verdad de mi adiós.
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