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"A medio hacer, ni crudos ni cocidos, bipolares capaces de cabalgar el huracán" - Roberto Bolaño
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Pequeño, muy pequeño es el presidente de Colombia, casi pusilánime, por no serlo del todo. Me hace acordar a los débiles que torturan mentalmente a sus iguales de ser delatados por no compartir el criterio de los poderosos. Álvaro Uribe se lleva todos los premios de la escoria humana. Abierto socio de yanquilandia, prepoteó en la reunión de Unasur varias veces. La vocecita altisonante de este personaje siniestro abogó por la transmisión en directo de dicha cumbre, porque su socio del mal, estaba monitoreando desde su panóptico tecnológico aquello que cada presidente de la región, manifestara. Colombia, desde su mano, tiene injerencia militar de Estados Unidos en su propio territorio y él, contentísimo y hasta altivo con su obsecuencia se atrevió a ir mucho más allá, introduciendo una crítica a nuestro más alto tribunal, por el fallo de la despenalización de la tenencia de estupefacientes para consumo. Se parece a su amo, abofeteando la soberanía de cada país de la región y el muy cretino sabe y para eso lucha, que el país -que lamentablemente preside- es un punto estratégico para crear focos bélicos justificándole a los del Norte –de esa manera- la producción y renovación de las armas con las que se mata y se somete. Y el negro de arriba, quiere ir por más: continuar con Bolivia y Paraguay, así tenga que seguir escupiendo el asado que sólo unos pocos podrían comer, mientras se ríe del patán que oficia de celador. Sólo hay que sentarse y esperar a ver cuando se deshaga de un solo tiro del empleado sudamericano que cumplió con su deber de traidor.
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Para Manu, mi queridísimo Manu que nunca cambia su esencia.
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. Las calles se superponen yendo al salvataje de las personas que se apilan. Se comportan huidizas a la hora de salir del laberinto. Todas nos llevan a la misma esquina, esa que está ausente y persistimos en abrazarla. Siento el sol en mi rostro y sonrío. Pienso que este cierto calorcito es más democrático que el frío punzante sobre los que no tienen nada más que la dignidad. Busco denodadamente el nudo de mi esencia que es igual al de otros. Parece que estamos más solos que nunca y más tristes. Percibo que las personas hablan solas caminando a través de sus existencias buscando las respuestas a la nada, no recordando que el óbito es el que nos va a quitar todos los interrogantes cuando llegue. Y el sol acaricia mis ojos que se encandilan (mejor no ver) y voy hacia esa esquina en que confluyen todos los sentimientos, todas las iras, todas las tolerancias, todas las crueldades. Estamos de saldo, nuestra alma se encarga de rematarnos del todo. Ya no se necesitan balas para finiquitarnos porque estamos vencidos, tristes, desahuciados aunque palpitemos ese azar que nos libre del matadero. Las calles por las que dejamos nuestras huellas se convierten en boas constrictoras y confluimos a la tortura de no ser identificados. Nadie sabe nada de nadie y no importa. Es mejor. Menos trabajoso. El sol proyecta mi cuerpo en la acera y me gusta que no me abandone en mi anatomía de media luna, de vida escondida. Cuento mis pasos por simple entretenimiento, o por ceguera temporal. Persisto con alegría los avatares de no saber cuál es nuestro sentido. He probado poner el dedo en la llaga, pero prefiero acariciar el aire. Y miro sin ver lo que se me presume conocido. Las calles siguen superponiéndose, pero creo que salí del laberinto. El sol brilla aletargado sobre mi cabeza…
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