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Hay varias y variadas cosas que en mi vida no hice. No he robado, no he matado, no he engañado si a lealtad nos referimos (adentrarme en la fatua fidelidad como acto posesorio, no estuvo, ni está ni estará en mis planes amorosos) La única fidelidad que puedo rescatar de las ruinas, es aquella que se elige en momentos determinados y no por simple estereotipo convencional. Nunca pretendí ser más de lo que soy. Nunca competí. Nunca jugué con los sentimientos (posiblemente mis compañeros de senderos recorridos hayan creído eso más de una vez). Nunca me envilecí sin motivo. He sido cruel muchas veces, sin jactancias, pero con determinismo. Suelo ir hacia todos los lugares mirando a los ojos y siempre estuve segura de que se gana y se pierde por igual. Jamás he peleado con alguna mujer por un hombre, ni lo haré nunca porque nadie es objeto de nuestros caprichos. Pero hay algo, por sobre todas las cosas que nunca partirá de mí y es traspasar esa línea delgada que separa el deseo de la desesperación, porque si todos los afectos se postularan como desesperantes, seríamos obvias, patéticas, bizarras, tristes y no hay nada peor que una mujer triste que suplica. Para el caso, me quedo en un rincón esperando. Liquido de un saque toda pugna porque no me importa que alguien gane una batalla si yo planeo la guerra. Soy solidaria con las de mi género, tanto, que a veces me duele que me representen tan mal.
Me duele y mucho que luzcan la intemperie de la soledad en que habitan.
He dicho.
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